¿Por qué nos asusta tanto ser libres?

Erich Fromm (1900-1980)

 

El hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de que emerge de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en ‘individuo’, tanto más se ve en la disyuntiva de o bien unirse al mundo en la espon­taneidad del amor y del trabajo creador o bien buscar alguna forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual […].

Un niño nace cuando deja de formar un solo ser con su madre y se transforma en un ente biológico separado de ella. Sin embargo, si bien esta separación biológica es el principio de la existencia humana, el niño, desde el punto de vista funcional, permanece unido a su madre durante un periodo considerable.

    El individuo carece de libertad en la medida en que todavía no ha cortado enteramente el cordón umbilical que –hablando en sentido figurado- lo ata al mundo exterior; pero estos lazos le otorgan a la vez la seguridad y el sentimiento de pertenecer a algo y de estar arraigado en alguna parte. Estos vínculos que existen antes de que el proceso de individuación haya conducido a la emergencia completa del individuo, podrían ser denominados vínculos primarios. Son orgánicos en el sentido de que forman parte del desarrollo humano normal y, si bien implican una falta de individualidad, también otorgan al individuo seguridad y orienta­ción. Son los vínculos que unen al niño con su madre, al miembro de una comunidad primitiva con su clan y con la naturaleza o al hombre medieval con la Iglesia y con su casta social. Una vez alcanzada la etapa de completa individuación y cuando el individuo se halla libre de sus vín­culos primarios, una nueva tarea se le presenta: orientarse y arrai­garse en el mundo y encontrar la seguridad siguiendo caminos distintos de los que carac­terizaban su exis­tencia pre-individual. La libertad adquiere entonces un significado diferente del que poseía antes de alcanzar esa etapa de la evo­lución. Es necesario detenerse y aclarar estos conceptos, discutiéndolos más concreta­mente en su conexión con el individuo y el desarrollo social.

    El cambio, comparativamente repentino, por el cual se pasa de la existencia prenatal a la humana, y el corte del cordón umbilical marcan la independencia del recién nacido del cuerpo de la madre. Pero la inde­pendencia es real tan sólo en el sentido muy imperfecto de la separación de los dos cuerpos.  En un sentido funcional, la criatura sigue formando parte de la madre: es ésta quien lo alimenta, lo lleva y lo cuida en todos los aspectos vitales. Lentamente, el niño llega a considerar a la madre y a los objetos como entidades separadas de él mismo. Un factor de este proceso lo constituye su desarrollo tanto nervioso como físico en general, su aptitud para apoderarse física y mental­mente de los objetos y dominarlos. A través de su propia actividad experimenta un mundo exterior a sí mismo. El proceso de indivi­duación se refuerza luego por el de edu­cación. Este último proceso tiene como consecuencia un cierto número de priva­ciones y de prohibiciones que cambian el papel de la madre en el de una persona guiada por fines distintos a los del niño y en conflicto con sus deseos, y a menudo en el de una persona hostil y peligrosa [1]. Este antagonismo, que no constituye de ningún modo todo el proceso educativo, y sí tan sólo una parte del mismo, es un factor importante para ahondar la distinción entre el ‘yo’ y el ‘tú’.

Deben pasar unos meses después del nacimiento antes de que el niño llegue a reconocer a otra persona en su carácter de tal y sea capaz de reaccionar con una sonrisa, y deben pasar años antes de que el chico deje de confundirse a sí mismo con el universo. Hasta ese momento sigue mostrando una especie de egocentrismo típico de los niños; un egocen­trismo que no excluye la ternura y el interés hacia los otros, puesto que los ‘otros’ no han sido todavía reconocidos como realmente separados de él mismo. Por la misma razón, en estos primeros años su dependencia de la autoridad posee un significado distinto del que adquiere el mismo hecho en época posterior. Los padres, o la autoridad correspondiente, no son todavía considerados como una entidad definitivamente separada: integran el universo del niño y este universo sigue formando parte del niño mismo; la sumisión con respecto a los padres tiene, por lo tanto, una característica distinta del tipo de sumisión que existe una vez que dos individuos se han separado realmente uno de otro. […]

Cuanto más crece el niño, en la medida en que va cortando los vínculos primarios, tanto más tien­de a buscar libertad e indepen­dencia. Pero el desti­no de tal búsqueda sólo puede ser comprendido plenamente si nos damos cuenta del carácter dialéctico del proceso de la individuación creciente. 

    Este proceso posee dos aspectos: el primero es que el niño se hace más fuerte, desde el punto de vista físico, emocional y mental. Aumenta la actividad y la intensidad en cada una de tales esferas.

    Al mismo tiempo, ellas se integran cada vez más. Se desarrolla una estructura organizada, guiada por la voluntad y la razón individuales. Si llamamos yo al todo organizado e integrado de la personalidad, podemos afirmar que un aspecto del proceso del aumento de la individuación consiste en el creci­miento de la fuerza del yo. Los límites del creci­miento de la individuación y del yo son establecidos, en parte, por las condi­cio­nes individuales, pero, esencialmente, por las con­diciones sociales. Pues aun cuando las diferencias interindivi­duales exis­tentes en este respecto parecen ser grandes, toda socie­dad se caracteriza por determinado nivel de individuación, más allá del cual el individuo no puede ir.

 

El otro aspecto del proceso de individuación con­siste en el aumento de la soledad. Los vínculos pri­marios ofrecen la seguridad y la unión básica con el mundo exterior a uno mismo. En la medida en que el niño emerge de ese mundo, se da cuenta de su soledad, de ser una entidad separada de todos los demás. Esta separación de un mundo que, en comparación con la propia existencia del individuo, es fuerte y poderoso de forma abru­madora y, a me­nudo, también amenazador y peligroso, crea un senti­miento de angustia y de impo­tencia. Mientras la persona formaba parte integral de ese mundo, ignorando las posibilidades y respon­sabilidades de la acción individual, no había por qué temerlo. Pero cuando uno se ha transformado en individuo, está solo y debe enfrentarse el mundo en todos sus subyu­gantes y peligrosos aspectos.

 

    Surge entonces el impulso de abandonar la propia personalidad, de superar el sentimiento de soledad e impotencia sumergiéndose en el mundo exte­rior. Sin embargo, estos impulsos y los nuevos vínculos que de ellos derivan no son idénticos a los vínculos primarios que han sido cortados en el proceso del crecimiento.

Del mismo modo que el niño no puede volver jamás, físicamente, al seno de la madre, tampoco puede invertir el proceso de individuación desde el punto de vista psíquico. Los intentos de reversión toman necesa­riamente un carácter de sometimien­to, en el cual no se elimina nunca la contradicción básica entre la autoridad y el que a ella se somete: es decir, aunque el niño pueda sentirse seguro y satisfecho conscien­temente, en su incons­ciente se da cuenta de que el precio que paga por ello representa el abandono de la fuerza y de la integridad de su yo. Así, el resul­tado de la sumisión es exactamente lo opuesto de lo que debía ser: la sumisión aumenta la inseguridad del niño y al mismo tiempo origina hostilidad y rebeldía, que resultan tanto más horribles cuanto más se dirigen contra aquellas mismas personas de las cua­les sigue depen­diendo o llega a depender.

    Sin embargo, la sumisión no es el único método para evitar la sole­dad y la angustia. Hay otro método, el único que es creador y que no desem­boca en un conflicto insoluble: la relación espontánea hacia los hombres y la naturaleza; relación que une al individuo con el mundo, sin privarlo de su indivi­dualidad. Este tipo de relación -cuya expresión más digna la constituyen el amor y el trabajo crea­dor- está arraigado en la integración y en la fuerza de la personalidad total y, por lo tanto, se halla sujeto a aquellos mismos límites que existen para el crecimiento del yo.

 

Discutiremos luego con mayores detalles los fenómenos del some­timiento y de la actividad espontá­nea como resultados posibles de la individuación creciente; por el momento sólo deseamos señalar el principio general: el proceso dialéctico que resulta del incremento de la individuación y de la creciente libertad del individuo. El niño se vuelve más libre para desarrollar y expresar su propia individualidad sin los estorbos debidos a los vínculos que la limitaban. Pero al mismo tiempo el niño también se libera de un mundo que le ofrecía segu­ridad y confianza. La individuación es un proceso que implica el creci­miento de la fuerza y de la integración de la personalidad individual, pero es al mismo tiempo un proceso en el cual se pierde la originaria identidad con los otros al ir el niño separándose de los demás. La creciente sepa­ración puede desembocar en un aislamiento que posea el carácter de completa desolación y origine angustia e inseguridad intensas, o bien puede dar lugar a una nueva especie de intimidad y de solida­ridad con los otros, en el caso de que el niño haya podido desarro­llar aquella fuerza interior y aquella capacidad creadora que son los supuestos de este tipo de conexión con el mundo. (…)

 

También desde el punto de vista filogenético la historia del hombre puede caracterizarse como un proceso de creciente individuación y libertad. El hombre emerge del estado prehumano al dar los primeros pasos que deberán liberarlo de los instin­tos coercitivos. (…) Cuanto más bajo se sitúa un ani­mal en la escala del desarrollo filogenético, tanto mayor es su adaptación a la naturaleza y la vigilancia que los mecanismos reflejos e instintivos ejer­cen sobre todas sus actividades. Las famosas orga­nizaciones sociales de ciertos insectos han sido ente­ramente creadas por el instinto. Por otra parte, cuanto más alto se halla colocado en esa escala, tanto mayor es la flexibilidad de sus acciones y tanto menos completa es su adaptación estructural tal como se presenta en el momento de nacer. Este desarrollo alcanza su apogeo en el hombre. Éste, al nacer, es el más desamparado de todos los animales. Su adaptación a la naturaleza se funda sobre todo en el proceso educativo y no en la determinación instintiva. "El instinto... es una categoría que va disminuyendo, si no desapareciendo, en las formas zoológicas superiores, especialmente en la huma­na" (L. L. Bernard, Instinct, Nueva York, Holt & Co., 1924).

    La existencia humana empieza cuando el grado de fijación instintiva de la conducta es inferior a cierto límite; cuando la adap­tación a la naturaleza deja de tener carácter coercitivo; cuando la manera de obrar ya no es fijada por mecanismos hereditarios. En otras palabras, la existencia hu­mana y la libertad son inseparables desde un principio. La noción de liber­tad se emplea aquí no en el sentido positivo de ‘libertad para’, sino en el sentido negativo de ‘libertad de’, es decir, liberación de la determinación instintiva del obrar.

 

La libertad en el sentido que se acaba de tratar es un don ambiguo. El hombre nace desprovisto del aparato que, en cambio, posee el animal; depende de sus padres durante un tiempo más largo que cual­quier otro animal y sus reac­ciones al ambiente son menos rápidas y menos eficientes que las reacciones automá­tica­mente regu­ladas por el ins­tinto. Tiene que enfrentar todos los peligros y temores debido a esa carencia del aparato instintivo. Y, sin embargo, este mismo desamparo constituye la fuente de la que brota el desarrollo humano; la debilidad bioló­gica del hombre es la con­di­ción de la cultura humana.

    Desde el comienzo de su existencia el hombre se ve obli­gado a elegir entre diver­sos cursos de acción. En el animal hay una cadena inin­ter­­rumpida de ac­ciones que se inicia con un estímulo -como el hambre- y termina con un tipo de conducta más o menos estric­ta­mente deter­mi­nado, que elimina la ten­sión creada por el estímulo. En el hombre esa cadena se interrumpe. El estímulo exis­te, pero la forma de satisfacerlo per­ma­nece ‘abierta’, es decir, el hombre debe elegir entre dife­rentes cursos de acción. En lugar de una acción instin­tiva prede­ter­minada, el hombre debe valorar men­tal­mente diversos tipos de con­ducta posibles: empieza a pensar. Modifica su papel frente a la naturaleza, pasando de la adapta­ción pasiva a la activa: crea. Inventa instrumentos y, al mismo tiempo que domina la natu­raleza, se separa de ella cada vez más. Va adquiriendo una oscura conciencia de sí mismo -o más bien de su grupo- como de algo que no se identifica con la naturaleza. Cae en la cuenta de que le ha tocado un destino trágico: ser parte de la naturaleza y sin embargo trascenderla [ir más allá de ella]. Lle­ga a ser consciente de la muerte en tanto que destino final, aun cuando trate de negarla a través de múltiples fantasías.

Una imagen particular­men­te significativa de la rela­ción funda­mental entre el hom­bre y la libertad la ofrece el mito bíblico de la expulsión del hombre del Paraíso. El mito identifica el comienzo de la historia humana con un acto de elección, pero acen­túa singularmente el carácter peca­minoso de ese primer acto libre y el sufri­miento que éste origina. Hombre y mujer viven en el Jardín edé­­nico en completa armo­nía entre sí y con la natu­raleza. Hay paz y no existe la necesidad de trabajar; tam­poco la de elegir entre alternativas; no hay libertad, ni tampoco pensa­miento. Le está prohibido al hombre comer del árbol de la ciencia del bien y del mal: pero obra contra la orden divina, rompe y supera el estado de armonía con la naturaleza de la que forma parte sin tras­cenderla. Desde el punto de vista de la Iglesia, que representa a la autoridad, este hecho cons­tituye fundamen­talmente un pecado. Pero desde el punto de vista del hombre se trata del comienzo de la libertad humana. Obrar contra las órdenes de Dios significa libertarse de la coer­ción, emerger de la exis­tencia incons­ciente de la vida prehumana para elevarse hacia el nivel humano. Obrar contra el mandamiento de la autoridad, cometer un pecado, es, en su aspecto positivo humano, el primer acto de libertad, es decir, el primer acto humano. Según el mito, el pecado, en su aspec­to formal, está representado por un acto contrario al mandamiento divino, y, en su aspecto material, por haber comido del árbol de la ciencia. El acto de desobediencia, como acto de libertad, es el co­mienzo de la razón. El mito se refiere a otras consecuencias del primer acto de libertad. Se rompe la armonía entre el hombre y la naturaleza. Dios proclama la guerra entre el hombre y la mujer, entre la naturaleza y el hombre. Éste se ha separado de la natu­ra­leza, ha dado el primer paso hacia su humanización al transformarse en individuo. Ha realizado el primer acto de libertad. El mito subra­ya el sufrimiento que de ello resulta. Al trascender la naturaleza, al enajenarse de ella y de otro ser humano, el hombre se halla desnudo y avergonzado. Está solo y libre y, sin embargo, medroso, e impo­ten­te. La libertad recién conquistada aparece como una maldición; se ha libertado de los dulces lazos del Paraíso, pero no es libre para  gober­narse a sí mismo, para realizar su individualidad.

    ‘Libertarse de’ no es idéntico a libertad positiva, que es ‘liber­tarse para’. El hombre surge de la natu­ra­leza mediante un proceso que se extiende por largo tiempo; en gran parte permanece todavía atado al mundo del cual ha emergido; sigue integrando la natu­raleza: el suelo sobre el que vive, el sol, la luna y las estrellas, los árboles y las flores, los ani­males y el grupo de per­sonas con las cuales se halla ligado por lazos de sangre. Las religiones primitivas ofrecen un testi­monio de los sentimientos de unidad absoluta del hombre con la natu­raleza. La naturaleza animada e inani­mada forma parte de su mundo humano, o, como también puede formu­larse, el hombre cons­tituye un elemento integrante del mundo natural.

    Estos vínculos primarios impiden su completo desarrollo humano; cierran el paso al desenvolvi­miento de su razón y de sus capacidades crí­ticas; le per­miten reconocerse a sí mismo y a los demás tan sólo me­diante su partici­pación en el clan, en la comunidad social o reli­gio­sa, y no en virtud de su carácter de ser humano; en otras palabras, impiden su des­arrollo hacia una individualidad libre, capaz, de crear y autodeter­minarse. Pero no es éste el único aspecto; tam­bién hay otro. Tal iden­ti­dad con la naturaleza, clan, religión, otorga seguridad al individuo; éste pertenece, está arraigado en una totalidad estruc­tu­rada dentro de la cual posee un lugar que nadie discute. Puede sufrir por el hambre o la re­pre­sión de satisfacciones, pero no por el peor de todos los dolores: la soledad completa y la duda. 

 

Vemos así cómo el proceso de crecimiento de la libertad humana posee el mismo carácter dialéctico que hemos advertido en el proceso de crecimiento individual. Por un lado, se trata de un proceso de cre­ci­miento de su fuerza e integración, de su do­minio sobre la naturaleza, del poder de su razón y de su solidaridad con otros seres humanos. Pero, por otro lado, esta individuación creciente significa un aumento paulatino de su inse­gu­ridad y su aisla­miento y, por ende, una duda creciente acerca del propio papel en el universo, del significado de la propia vida y, junto con todo esto, un sentimiento creciente de la propia impotencia e insigni­ficancia como individuo.

    Si el proceso del desarrollo de la humanidad hu­biese sido armónico, si hubiese seguido un plan determinado, entonces ambos aspectos de tal pro­ceso -aumento de la fuerza y aumento de la indi­­viduación- se habrían equilibrado exac­ta­mente. Pero, en rigor, la historia de la humanidad está llena de conflictos y luchas. Cada paso hacia un mayor grado de indivi­duación entraña para los hombres una amenaza de nuevas formas de inseguridad. Una vez cortados los vínculos primarios, ya no es posible volverlos a unir; una vez perdido el paraíso, el hombre no puede retornar a él. Hay tan sólo una solución creadora posible que pueda fundamentar las rela­ciones entre el hombre individua­lizado y el mundo: su solidaridad activa con todos los hom­bres, y su actividad, trabajo y amor espontáneos, capaces de volverlo a unir con el mundo, no ya por medio de los vínculos primarios, sino salvando su ca­rác­ter de individuo libre e independiente. Por otra parte, si las condiciones económicas, sociales y políticas, de las que depende todo el proceso de individuación humana, no ofrecen una base para la realización de la individualidad en el sentido que se acaba de señalar, en tanto que, al propio tiempo, se priva a los individuos de aquellos vínculos que les otorgaban seguridad, la falta de sincro­nización que de ello resulta transforma la libertad en una carga insoportable. Ella se identifica entonces con la duda y con un tipo de vida que carece de significado y dirección. Surgen así po­derosas tendencias que llevan hacia el abandono de este género de libertad para buscar refugio en la sumisión o en alguna especie de relación con el hombre y el mundo que prometa aliviar la incerti­dumbre, aun cuando prive al individuo de su li­bertad.

La historia europea y americana desde fines de la Edad Media no es más que el relato de la emer­gencia plena del individuo. Es un proceso que se inició en Italia con el Renacimiento y que tan sólo ahora parece haber llegado a su cul­mi­nación. Fue­ron necesarios más de cuatro siglos para destruir el mundo me­die­val y para libertar al pueblo de las restric­cio­nes más manifiestas. Pero, si bien en mu­chos aspectos el individuo ha crecido, se ha des­arrollado mental y emocio­nal­mente y par­ti­cipa de las conquistas cultu­rales de una manera jamás ex­perimentada antes, también ha aumen­tado el retraso entre el desarrollo de la ‘libertad de’ y el de la ‘libertad para’. La consecuencia de esta despro­porción entre la libertad de todos los vín­culos y la carencia de posi­bi­li­dades para la realización positiva de la liber­­tad y de la individualidad, ha condu­cido, en Europa, a la huida pánica de la libertad y a la adquisición, en su lugar, de nuevas cadenas o, por lo menos, a una actitud de completa indi­fe­rencia. (Erich Fromm, El miedo a la libertad).


[1] Debería hacerse notar aquí que la frustración de los instintos per se no origina hostilidad. Es el ahogamiento de la expansión, la ruptura de los intentos de autoafirmación del niño, la hostilidad que deriva de los padres –más brevemente, la atmósfera de supresión- lo que crea en el niño el sentimiento de impotencia y la hostilidad que de éste dimana.

 

Erich Fromm

El miedo a la libertad

Editorial Paidós

2012

El símbolo rompe el "círculo funcional"

(Ernst Cassirer)

Paisaje con grano de arena

(poema de Wislawa Szymborska)

 

Ensimismamiento y alteración

(José Ortega y Gasset)

¿Qué es actuar deliberadamente?

(Christine Korsgaard)

 

La Razón: la inteligencia que aspira a la universalidad

(José Antonio Marina)

Crueldad, ensañamiento y gente corriente (Christopher R. Browning)

Mecanismo del chivo expiatorio (René Girard)

Distintas maneras de amar (Erich Fromm)