El medio vital

José Ortega y Gasset (1883-1955)

 

[…] Para la biología del pasado siglo, el medio era en definitiva el mundo físico-químico, un escenario único donde caen los individuos y las especies como en un contorno hostil y frente al cual no les queda otro papel que el de adaptarse con la mayor humildad posible. Si el medio no tolera un órgano o una función, la vida, servilmente, habrá de amputar aquél y atrofiar ésta.
Parejo pensamiento ha mantenido durante cincuenta años ob­tu­rado el ingreso a la biología. Por la sencilla razón de que el mundo físico-­químico, el mundo compuesto de átomos, de iones, de energías, es indiferente a la vida. Los fenómenos vitales comienzan donde los fenómenos mecánicos concluyen. Ciertamente que una retina se compone de átomos, lo mismo que una piedra; pero cuando una retina ve una piedra, no es un átomo quien ve a otro átomo. La luz que la física investiga se resuelve, a la postre, en radia­ción eléc­tri­ca; pero la luz que ve el lince y no ve el topo no es radiación eléctrica, sino esa cosa mucho más simple que simplemente llamamos luz. El ena­mo­rado que se consume de deliquio contem­plando el divino óvalo de la faz de la amada no se extasía ante una dis­po­si­ción oval de átomos, y la liebre que huye del galgo no huye de una ecuación físico-química.
Medio biológico es sólo aquello que existe ‘vitalmente’ para el organismo. La vida, an­tes de adaptarse al medio, antes de poder reac­cio­nar frente a él, necesita de alguna manera re­ci­­birlo, sentirlo. Y como cada es­pe­cie goza de aparatos receptores distintos, de una sen­si­bi­li­dad dife­ren­te, no podrá hablarse de un medio único e idéntico, al cual hayan de adap­tar­se todas.
Compárese lo que para nos­otros es el mundo formado por una fabulosa va­riedad de objetos, colores, sonidos, resistencias, que de tan múltiples ma­­neras provocan constantemente la reacción de nuestro organismo, con el mundo que para las medusas existe. Estos animales primarios son como cam­­panitas cristalinas que flotan en profundidades medias del mar. Su ali­men­to consiste en algas microscópicas, que atraviesan como prados mó­vi­les esas profundidades. Pues bien, la medusa ni ve ni oye ni olfatea ni pal­pa.
No tiene órgano de sensibilidad más que para una cosa: las variaciones de presión producidas por los cambios de densidad del agua. Todo su mundo se reduce a esta única peripecia: mayor presión o menor presión. Cuanto nosotros vemos en torno a ella, el ameno paisaje intramarino que el buzo contempla, no existe para la medusa. Su único problema vital es coincidir con las cañadas acuáticas, por donde pasan las nutritivas dia­to­meas. Y como éstas desvían su camino cuando la densidad del agua cam­bia, conviene a la medusa percibir a tiempo las variaciones de presión. En efec­to, el sencillo aparato nervioso de la medusa siente el cambio de presión, y al punto dispara su aparato muscular: la campana cristalina se cierra como un paraguas, y el animal asciende hasta ponerse al nivel de las sabrosas algas errantes. Como se advierte, la medusa está mara­vi­llo­sa­mente adaptada al medio, se entiende al suyo, al escogido y creado por su sensibilidad. Puestos a resolver el problema vital de la medusa, nos­otros fracasaríamos, porque carecemos de órgano apto para percibir las mo­dificaciones de la densidad marina. Asimismo, la medusa haría muy mal papel enfrontada con el medio del hombre. Por esto carece de sentido pre­guntarse si el hombre o la medusa están mejor adaptados al medio. Cada especie, merced a su sensibilidad, selecciona del mundo infinito un repertorio de objetos únicos que para el animal existirán y que, articulados en admirable arquitectura, formarán su entorno. Hay un mundo para el hombre y otro para el águila, y otro para la araña. No sólo el organismo se adapta al medio, sino que el medio se adapta al organismo, hasta el punto que es una abstracción, cuando se habla de un ser vivo, atender sólo a su cuerpo. El cuerpo es sólo la mitad del ser viviente: su otra mitad son los objetos que para él existen, que le incitan a moverse, a vivir.

 
De aquí se desprende que para entender una vida, sea ella la que quiera, humana o animal, habrá que hacer antes el inventario de los objetos que integran su medio propio […]. (José Ortega y Gasset, El Espectador III (1921), O.C. tomo 2, Alianza editorial y Revista de Occidente, Madrid, 1983).

Exposición de la teoría del mundo circundante o medio vital de Jakob von Uexküll.

El hombre existe comprendiendo un sentido

Martin Heidegger

Vivir es encontrarse en el mundo

José Ortega y Gasset

(¿Qué es filosofía?,

lecciones X y XI)

Mecanismo del chivo expiatorio (René Girard)